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El Deber
de no Comparar. Francesc Torralba.
La comparación
es como el gusano oculto de la secreta consunción, que no
muere por lo menos hasta que no haya matado la vida del amor. La
comparación es una repugnante erupción que se mete
hasta dentro y corroe la médula” (p. 228). En su elogio
filosófico y lírico sobre el amor, Kierkegaard nos
regala esta breve reflexión sobre el dolor de la comparación.
Describe el amor como una especie de fuerza divina que trasciende
los límites de la razón y del lenguaje, que impulsa
al ser humano a crear belleza, a buscar la verdad, a edificar la
unidad y a perdonar incondicionalmente.
Tal como
y expresa el filósofo danés, el amor da sentido a
la vida o, dicho de otro modo, amar es lo que hace que la vida merezca
ser vivida. Lo que humaniza, lo que realmente construye la persona
es el acto de amar y amar es vaciarse, darse, experimentar el gozo
interior de la benevolencia.
El amor
es incompatible con el ejercicio de comparar. La comparación
es la vinculación más desventurada en que el amor
puede ingresar; la comparación es la más peligrosa
amistad que el amor puede entablar; la comparación es la
peor de todas las seducciones. Quien ama, no compara; acepta al
otro tal y como es y no cae en el juego de medirlo a partir de sus
expectativas. Quien ama, no compara a su amante con sus
anteriores experiencias. Tampoco no cae en la referencia
al yo. Quien ama de verdad, se da incondicionalmente, sin calcular,
ni medir los costos y los beneficios en tal acto. Se expone al ridículo,
a la humillación, al fracaso, incluso a la sátira.
En el gesto de amar lo da todo y asume la posibilidad de perderlo
también todo. Sabe que en el acto de amar se juega la densidad
de su vida y que todo lo otro es pura ornamentación.
Cuando en el amor
se anida el espíritu de la comparación, el amor merma,
se corroe por dentro y, finalmente, puede llegar a aniquilarse.
Aprender a amar es aprender a combatir la tendencia a comparar,
a medir, a separar, a calcular. Aprender a amar es luchar activamente
contra la tendencia a idealizar lo que no existe, es combatir los
sueños ideales y los falsos héroes mentales. Aprender
a amar es aceptar lo que es como un don, como una posibilidad, como
una ocasión para degustar, en el claroscuro, la belleza del
mundo.
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